EL SILENCIO QUE COMIENZA A SER OíDO

Después de dos años trabajando como psicólogo atendiendo a personas que han sufrido abusos sexuales durante su infancia (ASI), sentía la necesidad, el compromiso y la obligación de escribir un artículo que pudiera contribuir a dar visibilidad a esta problemática. Mi objetivo no es sólo aportar información basada en la bibliografía existente, sino también generar conciencia y abrir un espacio de reflexión en la sociedad sobre la magnitud y las consecuencias de este fenómeno tan oculto y estigmatizado.

Lo hago de una forma profesional, con el mayor rigor posible, pero también con toda la humildad, reconociendo que, por más que intente adentrarme en el análisis de este tipo de sucesos, nunca llegaré a abordar completamente toda su complejidad. Mi experiencia me ha llevado a ser testigo del sufrimiento de las víctimas y/o sobrevivientes de ASI. Este artículo está escrito desde mi más profundo respeto y admiración hacia todas y todos ellos. A quienes, con una inmensa valentía han logrado sobrevivir a pesar del dolor de sus múltiples heridas y cicatrices y, también, a quienes no lo consiguieron.

¿Qué dicen las cifras?

Los datos sobre las cifras de ASI es algo muy recurrente que podemos encontrar en la mayoría de artículos, informes u otras publicaciones que abordan este tema. Se entiende que comenzar o incluir un apartado que recoja estas estadísticas se vuelve una tarea casi imprescindible. De este modo, comenzaré nombrado alguno de ellos: la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2020 y 2022 publicó en su página web algunos datos sobre esta problemática ofreciendo titulares como: “En Europa, Estados Unidos y Canadá, un 20% de los niños y niñas han sido abusados sexualmente”, “Uno de cada cinco menores sufre abuso sexual antes de cumplir los 17 años” (OMS, 2020). De forma similar, dos años más tarde, aparece otra publicación de esta misma organización argumentando: “Una de cada cinco mujeres y uno de cada trece hombres declaran haber sufrido abusos sexuales cuando tenían entre 0 y 17 años (OMS, 2022). A su vez, una institución como el Consejo de Europa ofreció en 2019 datos al respecto afirmando que “Uno de cada cinco menores sufre abusos sexuales antes de cumplir 17 años”. Por último, Save the Children España en 2017 publicó en su página web un artículo donde aparece una estimación que oscila entre el 10% y 20% de la población en España como víctimas de algún tipo de abuso sexual durante la infancia.

Por tanto, si se realiza una búsqueda sobre ASI podemos encontrar otras muchas publicaciones de organismos e instituciones diferentes que van en esta misma línea, avalando los datos y cifras anteriormente expuestos.  De esta modo, se podría concluir de forma clara que entre el 10% y 20% de los menores sufrirán o sufren algún tipo de abusos sexuales antes de cumplir la mayoría de edad.

A su vez, si nos basamos en la experiencia de los profesionales que trabajan con personas que han sufrido ASI, estos datos no son más que la punta del iceberg que oculta la magnitud de este fenómeno social. Concretamente, basándose en mi propia experiencia, después de haber realizado más de 100 entrevistas a personas que han sufrido ASI, he podido comprobar que más del 70% de ellas revelan otras experiencias que corroboran esta idea. En sus verbalizaciones nos encontramos con datos como: “La persona que cometió los abusos sexuales también lo hizo con otros/as menores”; “En su entorno existen otras víctimas y agresores”; “En la historia familiar de estas personas existen casos de abusos sexuales en otras generaciones y épocas, lo que revela una perpetuidad de este fenómeno”.

Sin embargo, las cifras que se reportan para dar este tipo de estadísticas sólo son las de aquellas personas que de alguna forma han podido contar su historia personal por diferentes motivos, bien porque han tomado medidas legales, han hecho uso de diferentes servicios públicos o privados, etc. (servicios sociales, salud mental, servicios médicos u hospitalarios…). Como ejemplo de ello, la asociación para la que trabajo sólo podría reportar en su defecto datos de asociados, es decir, personas que acuden a la asociación para hacer uso de los recursos que ofrecemos. Sin incluir, por tanto, todos aquellos casos de los que tenemos conocimiento a través de los testimonios de nuestros asociados/as.

¿Qué entendemos por Abusos Sexuales en la Infancia?

Otra cuestión importante que debemos abordar es: ¿qué entendemos por abusos sexuales? Aunque no existe una conceptualización universal del ASI, más allá de una definición técnica elaborada por académicos o profesionales que intentan competir por ofrecer “la mejor fórmula”, considero que sería necesario mencionar algunas de las condiciones que se tornan alrededor de estos sucesos y, que a veces, pasan inadvertidas. En mi criterio, hay tres condiciones que resultan determinantes: 1. La asimetría o desequilibrio de poder que se da entre víctima y victimario; 2. El consentimiento que, a diferencia de la adultez, no existe en la infancia; 3. En un alto número de casos, la falta de conciencia o capacidad para identificar de manera clara lo que está ocurriendo cuando se producen los abusos sexuales.

Volviendo a la cuestión inicial, finalmente resulta necesario contestar a la pregunta ¿qué se entiende por ASI?. De este modo, se puede considerar que el abuso sexual es la acción que incluye cualquier conducta de índole sexual, de diversa tipología, dirigida a un menor de edad por parte de un adulto o de otro menor, cuando este último posee la capacidad de llevarlo a cabo, ya sea por su desarrollo evolutivo o por cualquier otra condición que implique un desequilibrio de poder. Este tipo de actividad implica la excitación o complacencia del agresor, es decir, la figura que ejerce el abuso (Real-López et al, 2023).

Por su parte, dada la gravedad de este tipo de transgresión y sus devastadoras consecuencias, podemos encontrar en la literatura autores que consideran el ASI como un problema de salud pública que genera una interferencia significativa en el desarrollo del menor que lo sufre, repercutiendo de forma negativa en su estado físico y psicológico. Tratándose de un fenómeno que no entiende de sociedades, culturas o estratos sociales, constituyendo un problema de carácter universal (Pedreira et. al. 2014). Otros autores lo definen como una forma de maltrato que afecta al funcionamiento, desarrollo y adaptación psicológico y emocional de las víctimas tanto a corto como a largo plazo, generando problemas físicos, emocionales, sociales y conductuales (Real-López et al, 2023).

 

Tipos de abusos

Pero antes de adentrarnos en las posibles consecuencias y secuelas que pueden incidir en las personas que han sufrido este tipo de experiencias, es importante abordar de manera clara y precisa las diversas situaciones y conductas que se pueden considerar abusos sexuales, ya que la identificación de éstas podrían ser fundamentales tanto para la prevención como para su identificación. En este sentido, tras revisar algunos artículos y publicaciones se podría concluir que existen dos grupos de conductas diferenciadas. Esta diferenciación a grandes rasgos se caracterizaría por la existencia o no de contacto físico:

  1. Abusos sexuales con contacto físico: Este tipo de abusos involucra una interacción física directa entre el agresor y la víctima, y ​​puede incluir diversas conductas que van desde el contacto físico no deseado hasta actos de violencia sexual más graves. Dentro de esta categoría se puede diferenciar a su vez otras dos subcategorías:
  • Violación: Cualquier tipo de penetración por parte del agresor hacia la víctima usando para ello objetos, órgano genital, dedos, etc. a través de algunas de las posibles vías (vaginal, anal, oral).
  • Tocamientos o roces: Realizados por el agresor o demandados a la víctima.
  1. Abusos sexuales sin contacto físico: Este tipo de abusos sexuales son más complejos de identificar y abordar debido a su naturaleza sutil, encubierta y gran variabilidad. A diferencia de los abusos sexuales con contacto físico, que suelen dejar marcas físicas evidentes o son más fáciles de reconocer porque está en el imaginario de la mayoría de las personas, los abusos sin contacto involucran conductas más discretas y difíciles de detectar, tanto por las víctimas como por los adultos de su alrededor. Sin embargo, este tipo de abuso es igualmente devastador y puede causar efectos emocionales y psicológicos profundos en la víctima. Como, por ejemplo:
  • Exhibición y/o visionado de material pornográfico.
  • Seducción o manipulación psicológica/emocional para fines de carácter sexual
  • Comentarios inapropiados, lenguaje mal sonante o propuestas de índole sexual.
  • Exhibición del cuerpo con motivación sexual, masturbación y/o prácticas sexuales con otros/as en presencia del menor.
  • Agresión sexual digital (uso de nuevas tecnologías con finalidad sexual): Grooming, Sexting, sextorsión, etc.

Principales indicadores de sospecha

También, conocer los distintos indicadores de sospecha sobre la posible existencia de ASI resulta fundamental para la detección de este tipo de sucesos pudiendo ser de gran ayuda para profesionales, cuidadores, tutores o cualquier persona responsable del cuidado de menores. De este modo, podemos encontrar: señales físicas (quizás las más evidentes), funcionales/conductuales y psicológicas/emocionales (Loinaz et al. 2019):

  • Señales físicas: Enrojecimiento genital, inflamaciones regionales, heridas y equimosis, prurito, sangrado, enfermedades de transmisión sexual o embarazo.
  • Señales funcionales y conductuales: Enuresis, encopresis, palpitaciones, cefaleas, convulsiones, pérdida de conciencia, náuseas o vómitos, trastornos del sueño, conducta antisocial, aislamiento, conductas autolíticas, regresivas, etc.
  • Señales emocionales: Tristeza, miedo, vergüenza, introversión, apatía, baja autoestima, sentimiento de culpa, irritabilidad, abulia, etc.

Otro tipo de indicadores a tener en cuenta serían aquellos que afectan a la esfera de la sexualidad. Aquí podemos encontrar: rechazo a las caricias, besos y contacto físico, conductas seductoras (especialmente en niñas), conductas precoces o conocimientos sexuales inadecuados para el desarrollo evolutivo del menor, interés exagerado por los comportamientos sexuales de los adultos, agresión sexual a otros menores, confusión de la orientación sexual (Echeburúa & De Corral, 2006).

Agresor y víctima

Siguiendo en esta misma línea, conocer algunas de las características de esta problemática podría facilitar una “amplitud de mirada” ante determinadas situaciones de riesgo que pasan inadvertidas. Haciéndonos eco de la última publicación del Centro de Estudios e Investigación de la Fundación ANAR (ANAR, 2024) pueden resultar significativos algunos datos al respecto:

  • En relación al perfil del agresor: El 94.3% es del género masculino siendo mayor de edad en un gran alto porcentaje (78.6%). En la mayoría de los casos (79.5%) suele pertenecer al entorno cercano de la víctima (algún miembro de la familia o conocidos del menor). Un dato que aumenta hasta el 85,9% en el caso de víctimas de menor edad (entre 0-9 años).
  • En relación al perfil de la víctima: El 78.9% son del género femenino, la media de edad se sitúa en torno a los 12.5 años en el caso de las niñas, siendo más frecuente en el caso de los niños el rango de edad comprendido entre los 0 y 9 años. El 23.5% tienen cambios bruscos de conducta, el 20.8% problemas psicológicos (ansiedad, miedo, vergüenza y culpa) y un 9.1% conductas suicidas. Siete de cada diez menores presentan un bajo rendimiento escolar.

Posibles repercusiones y secuelas

Para finalizar este artículo, he considerado de suma importancia incluir algunas de las posibles repercusiones y secuelas que deja tras de sí una experiencia tan traumática como el ASI. Al revisar la literatura científica sobre este tema, parece evidente que resulta complejo analizar los efectos a corto y largo plazo de este tipo de abusos debido a la gran cantidad de variables mediadoras y moderadoras que influyen en los resultados. Por ejemplo, factores como el contexto familiar, el apoyo social disponible, el tipo de abuso sexual, la relación con el agresor, la edad de la víctima en el momento del abuso sexual, y la intervención terapéutica posterior, juegan un papel crucial en la manera en que las personas afectadas procesan y gestionan el trauma. Además, la resiliencia individual, las características de personalidad y los mecanismos de afrontamiento también son determinantes en la capacidad de las víctimas para superar las secuelas.

Todo este análisis de variables y otras cuestiones relacionadas con el ASI ciertamente podría dar lugar a muchos más artículos, pero por el momento no es mi intención profundizar tanto en ello. Así que, retomando el objetivo inicial y centrándonos en las secuelas y consecuencias del ASI, se ha podido observar que este tipo de experiencias se asocia a alteraciones emocionales o comportamientos sexuales disfuncionales en la vida adulta en un 20-30% de los casos (López et al., 2017).

En este sentido, diversos estudios han encontrado una relación estadísticamente significativa entre los antecedentes de abuso sexual durante la infancia y adolescencia y la presencia de síntomas de disfunción sexual, así como una sexualidad insatisfactoria y disfuncional. También se ha vinculado con conductas de riesgo sexual y dificultades en la relación de pareja (Mas & Carrasco, 2005; Najman et al., 2005; Echeburúa & De Corral, 2006; Pereda, 2010). En esta misma línea, este tipo de experiencias pueden provocar un funcionamiento sexual que puede incluir relaciones sexuales con desconocidos, intercambio de sexo por dinero o drogas, o ser víctima de coacción emocional para mantener relaciones sexuales (Lestrade et al.  2013). Por último, el ASI puede favorecer conductas de riesgo como promiscuidad, prematuridad sexual o sexo sin protección (Morrill, 2014).

Por otra parte, uno de los mecanismos psicológicos que se dan en este tipo de experiencias es la activación de procesos disociativos. Estos pueden aparecer en el contexto peri y postraumático, ya en la edad infantil, con fenómenos de amnesia, despersonalización y desrealización (Tsur & Katz, 2022). 

A su vez, en la clínica es común encontrarnos con el diagnóstico por excelencia, el Trastorno de estrés postraumático (TEPT), el 73,2% cumplen con los criterios del TEPT (Steine et al. 2019). Esto no descarta otro tipo de sintomatología y trastornos asociados, la comorbilidad se vuelve más la norma que la excepción. Hay estudios que muestran que el ASI no sólo se asocia con TEPT, también con trastornos del estado de ánimo, ansiedad, abuso de sustancias y trastornos de personalidad. Así como con apego inseguro, desregulación emocional, evitación o estrés persistente (Adams et al., 2018; Hailes et al., 2019; Noll, 2021). Por tanto, el ASI se asocia a múltiples diagnósticos psiquiátricos, peor situación social y menor salud física. Propicia la automedicación y el consumo de alcohol y otras drogas generando dependencia de estas sustancias e incidiendo en el riesgo de intentos autolíticos e ideación suicida (Fergusson et al., 2013; Morrill, 2014). Así como un control inadecuado de la ira encontrando diferencias en función al género. En el caso de los hombres conductas agresivas volcadas al exterior en forma de violencia física o verbal (ira hacia fuera) y en las mujeres ira canalizada en forma de conductas autodestructivas (ira hacia dentro) (Mas & Carrasco, 2005).

Como se puede intuir y como ya apuntaba antes en algún párrafo anterior relacionado con otras cuestiones abordadas en este artículo. La descripción y análisis de las repercusiones y secuelas del ASI son tantas y diversas que nos proporcionan contenido para realizar varios artículos. En general, esta problemática es tan compleja que tras casi seis páginas escritas tengo la sensación de no haber contado nada. 

Dedicado a todas las personas que sobreviviente de ASI y a las que no pudieron hacerlo Siempre estaré de vuestro lado

Referencias bibliográficas

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  • Echeburúa, E. & De Corral, P. (2006). Secuelas emocionales en víctimas de abuso sexual en la infancia. Cuad Med Forense, 12, 43-44. https://scielo.isciii.es/pdf/cmf/n43-44/06.pdf
  • Fergusson, D., McLeod, G. & John-Horwood, L. (2013). Childhood sexual abuse and adult developmental outcomes: Findings from a 30-year longitudinal study in New Zealand. Child Abuse Negl, 37, 664-674. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2013.03.013
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