¿Alguna vez te has encontrado repasando mentalmente una conversación incómoda una y otra vez? ¿O pasas horas pensando en por qué te sientes así sin llegar a ninguna conclusión? Si te resulta familiar, probablemente conozcas bien la rumia, aunque quizás no la hayas llamado por ese nombre.

En nuestra consulta de psicología en Sevilla trabajamos frecuentemente con personas que llegan agotadas precisamente por esto: no por lo que les pasa, sino por el bucle mental interminable sobre lo que les pasa.

¿Qué es exactamente la rumia?

La rumia es el patrón de pensamiento repetitivo y circular en el que nos quedamos atrapados dando vueltas a los mismos pensamientos sin avanzar hacia ninguna solución ni alivio (Nolen-Hoeksema, Wisco y Lyubomirsky, 2008). No es lo mismo que reflexionar o analizar un problema: la diferencia está en que la reflexión útil nos lleva a algún lugar, mientras que la rumia nos deja exactamente donde estábamos, pero más agotados (Watkins, 2008).

 

Algunos ejemplos muy reconocibles:

  • Repasar una discusión pensando en todo lo que dijiste o deberías haber dicho.
  • Preguntarte constantemente «¿Por qué me siento así?» o «¿Por qué a mí?».
  • Recordar una cadena de momentos negativos que lleva a otro, y a otro.
  • Evaluar continuamente si lo estás haciendo bien, si cumples las expectativas.
  • Preocuparte por situaciones futuras imaginando todo lo que podría salir mal.

Todo esto, aunque muy humano y comprensible, forma parte de lo que en psicología llamamos rumia depresiva (Nolen-Hoeksema, 1991).

¿Por qué la rumia es un problema?

La investigación científica es clara: la rumia no es un síntoma menor. Es uno de los factores que más contribuye tanto al desarrollo de la depresión como a su mantenimiento (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Las personas con mayor tendencia a rumiar se deprimen con más facilidad, más a menudo y durante más tiempo (Just y Alloy, 1997).

Además, la rumia tiene efectos directos sobre cómo nos sentimos y funcionamos en el día a día:

  • Amplifica el malestar emocional: pensar repetidamente en lo que nos preocupa no alivia la emoción, sino que la intensifica (McLaughlin y Nolen-Hoeksema, 2011).
  • Reduce la motivación y la energía: ese desgaste mental constante deja poco espacio para la acción (Lyubomirsky y Tkach, 2004).
  • Dificulta la resolución de problemas: paradójicamente, cuanto más rumiamos sobre un problema, menos eficaces somos resolviéndolo. La rumia nos vuelve más negativos y menos creativos (Lyubomirsky, Tucker, Caldwell y Berg, 1999).

Rumiar no es lo mismo que pensar: el papel del equilibrio

Aquí hay un matiz importante que trabajamos mucho en consulta: pensar en los problemas no es malo en sí mismo. De hecho, la capacidad de análisis y reflexión es lo que nos permite resolver situaciones complejas. El problema aparece cuando ese pensamiento pierde el equilibrio con la acción (Watkins, 2008).

 

Imagina que tu coche no arranca. Pensar en las posibles causas —la batería, las bujías, el motor— es útil y necesario. Pero si solo piensas y nunca abres el capó, el coche seguirá sin arrancar. Y al revés: girar la llave sin parar, sin pensar qué puede estar fallando, tampoco lo soluciona.

Con nuestros problemas personales pasa lo mismo. El pensamiento es útil cuando guía la acción. Cuando sustituye a la acción, se convierte en procrastinación, evitación y espiral.

 

Otra clave: el tipo de preguntas que nos hacemos marca una gran diferencia. No es lo mismo preguntarse «¿Cómo puedo mejorar esta situación?» que «¿Por qué siempre me pasa esto a mí?». Las primeras orientan hacia soluciones concretas; las segundas nos encierran en la búsqueda de significados sin respuesta (Watkins y Moulds, 2005).

¿Por qué seguimos rumiando si nos hace daño?

Esta es una pregunta que muchos pacientes se hacen, y tiene una respuesta muy interesante: la rumia cumple funciones que, al menos en apariencia, parecen útiles o protectoras (Papageorgiou y Wells, 2003). Por eso cuesta tanto dejarla.

 

Algunas de las funciones más comunes que identificamos en terapia:

  • Buscar comprensión y control. Rumiamos intentando entender por qué ocurrió algo, como si pensar lo suficiente nos diera una respuesta definitiva o sensación de control (Papageorgiou y Wells, 2003).
  • Automotivación. Muchas personas creen, a veces de forma inconsciente, que insistir en sus deficiencias es lo que les impulsa a mejorar. «Si no me critico, me relajo demasiado» (Watkins y Baracaia, 2001).
  • Planificación y preparación. Imaginar una y otra vez lo que podría pasar en una situación difícil puede sentirse como prepararse para ella. Pero con frecuencia se convierte en una forma de evitar afrontarla (Borkovec, 1994).
  • Evitar el fracaso o la humillación. Pensar extensamente sobre lo que podría salir mal es más seguro que intentarlo y que realmente salga mal. La rumia puede ser una forma encubierta de procrastinar la acción (Lyubomirsky y Tkach, 2004).
  • Regulación emocional. Intentamos gestionar las emociones pensando en ellas, aunque esto rara vez funciona y suele intensificarlas (Aldao, Nolen-Hoeksema y Schweizer, 2010).

Reconocer para qué te sirve tu propia rumia es un paso terapéutico muy valioso.

La buena noticia: la rumia es un hábito, y los hábitos se cambian

Quizás la parte más esperanzadora de todo lo que sabemos sobre la rumia es esta: no es un rasgo de personalidad inamovible, sino un hábito aprendido (Nolen-Hoeksema et al., 2008).

La mayoría de las personas que rumian mucho aprendieron a hacerlo. En algunos casos, de figuras cercanas durante la infancia (Spasojevic y Alloy, 2002). En otros, porque en algún momento del pasado ese pensamiento vigilante y repetitivo tenía sentido como estrategia de adaptación —por ejemplo, anticipar el estado de ánimo de un padre impredecible para evitar conflictos—. El problema es que ese hábito se generalizó y ya no resulta adaptativo.

Y como cualquier hábito aprendido, puede ser reemplazado por uno nuevo. Requiere práctica, conciencia y, a menudo, acompañamiento terapéutico (Watkins et al., 2011). Pero es completamente posible.

El primer paso, siempre, es la conciencia: reconocer cuándo estás rumiando, qué lo desencadena, qué función cumple para ti.

¿Cuándo buscar ayuda profesional?

Si la rumia forma parte de tu vida cotidiana de forma significativa —si te cuesta desconectar, si interfiere en tu sueño, en tus relaciones o en tu capacidad de disfrutar—, puede ser el momento de trabajarlo con un profesional.

 

En nuestra consulta de psicología en Sevilla abordamos la rumia desde un enfoque basado en la evidencia, explorando su función específica en cada persona y trabajando en estrategias concretas para reducirla. No se trata de «pensar positivo» ni de reprimir los pensamientos, sino de aprender formas de pensar más eficaces y más compasivas.

Si tienes dudas o quieres saber más, puedes contactarnos. Estaremos encantados de acompañarte.

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